Era más fácil entenderla cuando se le miraba directamente a los ojos, siempre agachaba la cabeza tímida, tenía hoyuelos al costado de su sonrisa y las hacia notar con cada carcajada que soltaba. Tenía una manera peculiar de quererme, y un hermetismo cuando le preguntaba de su pasado.
Me perdía en su mirada profunda, en sus muecas cuando miraba la nada, en la forma en que jugueteaba con sus manos cuando la observaba por largo rato. Era extraña, amaba los libros, amaba sus peluches y se aferraba a sus recuerdos, incluso si ellos alguna vez le causaron mucho daño. Era rara, pero no lo escondía, se comportaba como los demás y no resaltaba mucho. Sin embargo, pude ver lo que otros le hicieron, aunque sus ojos fueran cafés podía notar que tenían algo gris en ellos: todo el dolor acumulado durante años, en los que nunca acepto a nadie entrar a su mundo. Sabía que se venía una confesión larga y me dio miedo, de no saber que decirle ni cómo consolarla.
Me quería de una forma extraña, me adoraba por lo que era, por como era con ella, por desear conocer su mundo, por querer ayudarla aunque ella nunca me lo haya pedido, por escucharla, por callarla, porque me gustaba.
No quería herirla, nunca fue mi intención. Pensé que el cariño que le tenía nunca se iría, pero así como ella lo dijo alguna vez, un día diríamos adiós, porque quizás encontraría a alguien más bonita que ella, con mejor sonrisa, con mejor cuerpo, con mejores ideas y sin tantos complejos. Porque sin darme cuenta le hice caso al pensamiento que un día aborrecí, "todo entra por los ojos" - me dijo una vez, y fue así como me deje llevar.
(incluso si a veces la recuerdo más de lo necesario, y se lo hago notar; incluso si creo que la extraño tanto como para volver; mi intención nunca será crear falsas ilusiones, falsas memorias para un futuro que no tendremos).